DOCUMENTOS ARCHIVO SIMÓN RUIZ – 65 / SEPTIEMBRE – OCTUBRE 2026
Cartas de Diego Pardo y Fernando de Frías a Simón Ruiz en Medina del Campo con noticias acerca del Beeldenstorm
Amberes, de 17 de agosto y 24 septiembre y de 1 y 21 de diciembre de 1566
Manuscrito sobre papel / bifolio
Archivo Simón Ruiz (ASR, CC, C 4, 245 y 249)
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El 10 de agosto de 1566 un encendido sermón del predicador calvinista Sebastián Matte en las inmediaciones de Steenvoorde, en Flandes, desencadenó el asalto y destrucción de imágenes del monasterio de San Lorenzo por parte de los asistentes. Poco después, incidentes similares fueron multiplicándose y el movimiento iconoclasta se extendió rápidamente por diferentes localidades de los Países Bajos. Este proceso, denominado en neerlandés Beeldenstorm («tormenta de imágenes») y conocido en la historiografía española como la Furia Iconoclasta, alcanzaría pronto Amberes.
Un primer aviso de lo que estaba por venir se produjo el 15 de agosto, festividad de la Asunción, cuando una escultura de la Virgen que participaba en una procesión tuvo que regresar a su templo para evitar ser atacada. Ante la incapacidad de las autoridades para controlar la situación, se permitió a los calvinistas predicar en determinados espacios dentro de los muros de la ciudad, como informó Diego Pardo a Simón Ruiz dos días después: «no ay día de fiesta que no salen a su sermón más de 20.000 hombres, todos con mano harmada para si alguno se lo quisiere estoruar».
La concesión, sin embargo, no logró contener las tensiones y el 20 de agosto Amberes sufrió la furia iconoclasta. Dos agentes de Simón Ruiz asentados en la ciudad, el citado Pardo y Fernando de Frías, le narraron posteriormente los acontecimientos en sendas cartas. El primero señalaba que los «erejes» habían entrado en «todas las yglesias y monesterios desta villa y su comarca», mientras que Frías afirmaba que «en sola esta villa an rrobado 42 yglesias», entre las cuales la catedral había sido la más perjudicada: «se afirma por muy cierto el daño rreseuido en la yglesia mayor de aquí no se rredificase con 250.000 ducados». El célebre grabador Frans Hogenberg dedicaría precisamente una de sus estampas a este ataque al templo mayor, que se ha convertido en una de las imágenes más utilizadas sobre la iconoclastia.
Ante esta situación, Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos, recurrió al príncipe de Orange para restablecer el orden en la ciudad. Este llegaría a finales de mes a Amberes con cerca de 2.000 soldados, cuya presencia conseguía impedir las «sediçiones» y «rrobos». Además, como medida conciliadora, se mantuvo el permiso para que los calvinistas, «esta maluada jente», en palabras de Pardo, predicasen «su mala seta» en las «plazas dentro de la villa».
La inestabilidad generada por el suceso afectó irremediablemente a la actividad mercantil. Diego Pardo avisaba a Simón Ruiz de la «grandísima bariaçión y estrecheza de dineros y aún de créditos, porque los que lo tenían no lo querían ynuiar a esa plassa rrespeto a la deshorden que ay en el hazer las ferias della». La misma opinión le merecía a Fernando de Frías, quien se negó a tomar ningún riesgo por cuenta del banquero, «porque agora no ay sino pérdidas de todas partes».
Asimismo, tanto Frías como Pardo opinaban que únicamente la llegada de Felipe II a los Países Bajos podría apaciguar la rebelión. Esta postura coincidía con el sentir de la mayor parte de los españoles y enraizaba con la tradición medieval que atribuía a la presencia física del monarca una capacidad casi taumatúrgica. Tanto es así que Frías afirmaba que, de no producirse dicha visita, no habría «gairison» (guérison: curación) para el mal que asolaba «los Estados».
Mientras la situación se controlaba en Amberes, la conflictividad continuaba extendiéndose por el territorio. En diciembre, Fernando de Frías informaba que la «villa de Balenzianas» (Valenciennes, Francia) había comenzado a actuar «con tanta libertad» que le había sido forzoso a Margarita enviar allí tropas. El suceso histórico que se encontraba detrás no era otro que la expulsión de los católicos de la ciudad por parte de los líderes calvinistas que, en una carta a Felipe II, le ofrecían su obediencia salvo en materia religiosa. La respuesta de la gobernadora fue declarar la ciudad rebelde en septiembre y encargar a Philippe de Noircarmes la tarea de someterla, iniciándose así el cerco de Valenciennes, cuyo asedio tendría lugar el año siguiente.
Comenzaba así a difundirse la opinión, reflejada en la carta de Frías, de que «seria menester más fuerça de la que agora tiene Madama» para castigar a los rebeldes, mientras que el cerco de Valenciennes se perfilaba como «medio y ynstrumento para que se conozcan amigos y enemigos; vnos defendiendo y otros ofendiendo», en una dinámica de confrontación que anticipaba un conflicto armado que asolaría la región por ochenta años.
Jesús Rodríguez Plaza
BIBLIOGRAFÍA
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VÁZQUEZ DE PRADA, V., Lettres marchandes d’Anvers, 4 vols. Paris, École Pratique des Hautes Études, 1960.
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