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Este singular
edificio, construido para abastecer de carne a la populosa población
medinense del Siglo de Oro, es uno de los pocos ejemplos de su tipología que
aún se mantienen en pie y, con seguridad, el único de su género y cronología
que conserva -aunque transformada por el tiempo- la primitiva función para
el que fue construido. Su traza se ha atribuido a Rodrigo Gil de Hontañón
(otros apuestan por el arquitecto real Gaspar de Vega), sin embargo la
realización efectiva de buena parte de las obras corre a cargo de los
maestros medinenses Juan del Pozo y Agustín Gallego. En mayo de 1500, los
Reyes Católicos autorizan su construcción pero las obras tardan en comenzar
más de cincuenta años y no se terminan hasta 1562, ya bajo el reinado de
Felipe II, cuyas armas se dispusieron, junto con las de la villa, en tres
monumentales portadas de acceso.
Dichas puertas presentan una similar composición: arcos de entrada de medio
punto, amplia rosca y flanqueados uno por columnas, otro por medias columnas
sobre ménsulas y el restante por pilastras, en todo caso estriadas y de
orden jónico; los cuerpos de remate son frontis triangulares. La planta es
rectangular y consta de tres naves separadas por dos hileras de ocho
columnas toscanas que sostienen arquerías de medio punto, sobre las que
descansan sendos muros horadados por vanos cuya función es aligerar el peso.
También en el interior y sobre las dos entradas actuales se encuentran dos
frescos muy deteriorados en los que parecen estar representada, en un caso,
la Imposición de la casulla a San Ildefonso y, en el otro, San Miguel
clavando una lanza al demonio que tiene a sus pies.
Sufrió reformas de acondicionamiento en 1595, 1621 y 1783; en el siglo
XX y tras anularse la orden de su demolición -adoptada en 1931 con el
lamentable objeto de aprovechar sus materiales-, fue rehabilitado como
mercado de abastos, función que desde 1935 y hasta la fecha viene
cumpliendo.
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