Testamento de Simón Ruiz

Medina del Campo, imprenta de Jerónimo de Millis y Ambrosio Duport (?), 1597
Impreso sobre papel, encuadernación en piel (de 1855)  / 29 x 20 cm, 53 ff.
Fundación Simón Ruiz (depositado en el Museo de las Ferias)


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Simón Ruiz dicta su testamento el 1 de abril de 1596 y añade un codicilo el 16 de febrero del siguiente año, pocos días antes de su muerte acaecida el uno de marzo. Es comprensible que el testamento de un personaje como él, con una fortuna considerable y sin descendencia directa que heredara sus bienes, fuera “llevado al molde” para facilitar a los muchos interesados en el contenido del mismo, las últimas voluntades del testador. Henry Lapeyre anota, cuando analiza la vida privada de Simón Ruiz, que el patrimonio que dejó al morir puede estimarse entre 365.000 y 380.000 ducados, “una fortuna prodigiosa para la época” situada básicamente en títulos de renta (juros, censos, obligaciones,…) valorados en más de tres millones y medio de mrs. y una considerable suma de deudas a su favor contraídas con otros hombres de negocios y con acreedores del rey Felipe II.

Tras el inicio jurídico habitual en el que se anotan los nombres de los testigos que concurren ante el escribano público Gaspar de Soto, se transcribe el testamento (ff. 4-50) y el consiguiente codicilo (ff.50-53); el primero consta de 128 disposiciones y el segundo de ocho. En ambos textos todo queda bien definido: su deseo de ser enterrado bajo la bóveda de la iglesia del hospital por él fundado en Medina del Campo (cosas que no sucederá hasta 1853, año en que se trasladan solemnemente sus restos desde la parroquia de San Facundo, su primer lugar de enterramiento); su recuerdo expresado en numerosas mandas con destino a los pobres y desfavorecidos de Belorado (Burgos), su villa natal, y Medina del Campo, su ciudad de adopción; así como la creación de dos mayorazgos a favor de sus sobrinos Vítores y Cosme Ruiz, quienes serán los principales responsables de administrar su fortuna y de encauzar debidamente los 56.000 ducados destinados a su fundación hospitalaria, todavía en proceso de construcción.

El documento no tiene pie de imprenta, pero la presencia entre los testigos concurrentes de los editores y mercaderes de libros, Jerónimo de Millis y Ambrosio Duport, nos hace suponer que tomaran parte en la impresión del mismo.

Antonio Sánchez del Barrio