La iconografía de San Rafael, poco frecuente hasta el
siglo XVIII, es bastante común a partir de esta centuria y a ella dedicó
Luis Salvador Carmona varias esculturas. Su representación está ligada a la
historia de Tobías, a quien se le apareció cuando debía emprender un difícil
viaje, ofreciéndole su protección. Durante el mismo, Tobías decidió bañarse
en el río Tigris, surgiendo del agua un enorme pez que intentó devorarle.
Intervino el Arcángel y, tras salvarle la vida, le ordenó atrapar al pez y
extraerle el corazón, el hígado y la hiel, con los que liberaría del demonio
a su futura esposa y sanaría los ojos enfermos de su padre, el viejo Tobías.
De aquí la representación de San Rafael como genérico protector del viaje,
que aparece a veces vestido con los atributos del peregrino, y siempre con
un pez entre sus manos.
En nuestro caso, se representa al Arcángel en actitud de
caminar portando el pez en su mano izquierda y lo que aparenta ser el
fragmento de un bordón de peregrino en la derecha; le faltan ambas alas. La
policromía está realizada a base de tonalidades planas, verdes y rosas,
únicamente decoradas por una cenefa dorada, siendo la encarnación a
pulimento. El apoyo de la pieza está trabajado con pequeños golpes de gubia,
de forma muy similar a otras obras adscritas a la órbita de Carmona.
La sensación de movimiento está acentuada por el
desarrollo de los paños, fuertemente sacudidos, pegados a la figura por
delante y sueltos por detrás, dando lugar a una vistosa cola. Esta
disposición no es desconocida en la obra de Luis Salvador Carmona,
apareciendo, de forma muy similar, en figuras como el San Miguel de la
iglesia de Santa Marina de Vergara (Guipúzcoa).