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La iconografía de San Rafael, poco frecuente hasta el siglo XVIII, es
bastante común a partir de esta centuria en la que se le dedican
diversas esculturas realizadas por los más destacados artistas. Su
representación está ligada a la historia de Tobías, a quien se le
apareció cuando debía emprender un difícil viaje, ofreciéndole su
protección. Durante el mismo, Tobías decidió bañarse en el río Tigris,
surgiendo del agua un enorme pez que intentó devorarle. Intervino el
Arcángel y, tras salvarle la vida, le ordenó atrapar al pez y extraerle
el corazón, el hígado y la hiel, con los que liberaría del demonio a su
futura esposa y sanaría los ojos enfermos de su padre, el viejo Tobías.
De aquí la representación de San Rafael como genérico protector del
viaje, que aparece a veces vestido con los atributos del peregrino, y
siempre con un pez entre sus manos.
En nuestro caso, se representa al Arcángel en actitud de caminar
portando el pez en su mano izquierda y lo que aparenta ser el fragmento
de un bordón de peregrino en la derecha; le faltan ambas alas. La
policromía está realizada a base de tonalidades planas, únicamente
decoradas por una cenefa dorada, siendo la encarnación a pulimento. La
sensación de movimiento está acentuada por el desarrollo de los paños,
fuertemente sacudidos, pegados a la figura por delante y sueltos por
detrás, dando lugar a una vistosa cola.
Atribuida con anterioridad a Luis Salvador Carmona, gracias a las
investigaciones de Virginia Albarrán se ha podido documentar que la
pieza fue tallada por el escultor burgalés Julián de San Martín
(1761-1801), quien además realizó para Medina del Campo un San José y un
relieve de la Asunción de la Virgen, hasta ahora no localizados. De
acuerdo con la noticia que recoge Ceán Bermúdez, la escultura fue
realizada para la Colegiata de San Antolín, donde ha permanecido hasta
la actualidad.
Aunque se trata de un escultor escasamente conocido, la escultura de San
Rafael demuestra la intervención de un artista de notable calidad para
plasmar el sentido decorativo y anecdótico que predomina en al arte
rococó. La elegancia que se alcanza en la disposición de la figura, con
la pierna derecha levemente apoyada en el suelo, encuentra el
complemento adecuado en una policromía a base de tonos pastel, rosas y
verdes, muy característicos de la obra conocida de Julián de San Martín.
En resumen, se trata de una pieza muy representativa del interés que
merece la escultura que se produce en la escuela madrileña a finales del
siglo XVIII.
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