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Este calvario, compuesto por el Crucificado, la Virgen y San
Juan, se asienta sobre una peana de tres alturas que, al igual que la cruz,
presenta una estética de ebonizado típico de obras con influencia italiana. El
marfil en que se tallan las figuras presenta las características particulares de
un marfil claramente africano occidental: denso, duro, blanco, brillante y
transparente. Su craquelado es poco intenso y confirma el antiguo interés que
tenían los chinos, ya desde el siglo XII, en este tipo de material, por ser más
compacto, de grano fino y propicio para la talla delicada y minuciosa.
Aparte de las tres figuras de marfil y la tarja propia de su
estilo, aparece en la parte media baja de la cruz un "Agnus Dei" que debe
fecharse en 1707 si nos atenemos a la leyenda que presenta, que señala el
séptimo año del pontificado de Clemente XI (1700-1721). En realidad este Agnus
es un añadido anacrónico colocado para tapar las huellas de unas tibias y
calavera que suelen tener este tipo de calvarios.
Desde el punto de
vista estilístico, la pieza responde a una concepción puramente italiana. Si nos
detenemos en el Cristo, con un cuerpo de bella factura, estilización armoniosa,
proporciones alargadas, movimiento atenuado y expresión laocontiana, no cabe
duda de dicha procedencia. La actitud expirante, con la corona tallada en el
propio marfil, barba corta y rizada, nariz recta y la unión de los brazos al
cuerpo por medio de la axila, pero con una pequeña prolongación del hombro, lo
desliga de la eboraria oriental.
Donde el autor nos
demuestra su destreza es sin duda en el perizoma, aparte lógicamente de la
belleza corporal. Realizado con abullonamiento a la derecha, en la parte frontal
se sujeta mediante un cordón, dejando caer un leve paño en la parte central y la
otra punta de forma recta: todo es de gran delicadeza y plasticidad. Sin duda
hay que ligarlo a la obra del mismo escultor que el Cristo del Monasterio de
Guadalupe, tanto por su disposición corporal, como por el tratamiento de los
paños, que recuerda a los crucifijos italianos con influencias de León Leoni,
según Margarita Estella.
Pero donde el conjunto
ofrece una resistencia a la unidad estilista es en las figuras acompañantes. En
realidad, parece que no forman un conjunto dada la desproporción de las mismas,
aunque esto se podría solventar pensando en una cierta perspectiva jerárquica.
Pero lo difícil de explicar es el distinto tratamiento, no sólo anatómico, sino
de indumentaria y actitud anímica. Así, queda patente el desproporcionado tamaño
de las manos en ambas figuras, en comparación con el resto de su cuerpo. Parece
como si un resto de manierismo se hubiera asentado sobre dichas piezas. Lo mismo
sucede con los rostros, que hasta se podría afirmar que tienen cierta tosquedad
si los compramos con el de la figura del Cristo.
Todo esto se acentúa en la indumentaria, que
en el Crucificado es todo delicadeza, con un cendal sutil preocupado por los
pliegues breves, siendo mucho más sumario el tratamiento de las túnicas de San
Juan y la Virgen. Del mismo modo, el cabello de San Juan, con la terminación de
los rizos con pequeños orificios, tipo trépanos, podría presentar cierto
parecido con los Cristos de Gualterius, escultor de marfil italiano de finales
del siglo XVI. La tarja es similar a la que porta el Cristo de Isabel Clara
Eugenia de El Escorial, donado por Felipe II, siendo anteriormente un legado de
Pío V. Por último, podríamos vincular el conjunto al inicio del estilo
particular de Beissonat, escultor de marfil asentado en Nápoles. |