PIEZA DEL MES - ENERO 2003


Santa Águeda
Taller de Juan Antonio de la Peña
1673
Madera policromada, ojos de cristal / 53 x 48 x 34 cm
Iglesia de Santiago el Real. Capilla del relicario



Durante el presente mes de febrero, puede contemplarse en el Museo de las Ferias como "Pieza del Mes" el busto relicario que representa a Santa Águeda, perteneciente a una serie de esculturas de santas conservada en la capilla relicario de la iglesia de Santiago el Real, cuyo autor ha sido relacionado con el taller del escultor vallisoletano Juan Antonio de la Peña.

Con esta muestra temporal del Museo -que ha llevado aparejada la correspondiente limpieza y desinsectado de la pieza- se pretende incidir en dos aspectos de interés que van más allá de la propia exposición de tan excelente obra artística: De una parte, la plena vigencia del culto y tradiciones populares de remotos orígenes, que las cofradías de Santa Águeda aún mantienen vivos durante los días cercanos al 5 de febrero; de otra, la urgente necesidad de intervenir en la capilla relicario del antiguo colegio de jesuitas, singular espacio que precisa la restauración de sus pinturas murales, retablo y conjunto de bienes artísticos (cuya nómina supera ampliamente el centenar), al cual pertenece este busto de la Santa de Catania.

Ciertamente, Santa Águeda es uno de los personajes del Santoral cuya veneración popular ha llegado con mayor arraigo hasta nuestros días y prueba de ello son los innumerables ritos y costumbres tradicionales que sus cofradías, siempre femeninas, siguen celebrando actualmente. Todos cuantos se han ocupado de la vertiente antropológica de los ritos "aguederos" han coincidido en considerarlos como arquetípicos de las llamadas fiestas invernales "de inversión", encontrando ecos y paralelismos -a veces más que discutibles- con los propios de las antiguas Matronalia, fiestas romanas que en honor de Juno Lucina celebraban las mujeres casadas, invocando sus poderes fecundatorios y pidiendo su protección en el momento del parto.

En el marco de la tradición cristiana, cuentan los relatos hagiográficos que Santa Águeda nació en la ciudad siciliana de Catania y por su fe fue objeto de horribles torturas a manos del prefecto Quintiliano quien, además de azotarla y colgarla cabeza abajo, ordenó a sus esbirros cortarle los pechos -luego repuestos de forma milagrosa por San Pedro-, episodio éste de su martirio que con el tiempo llegaría a ser el más conocido, dando origen a su patronazgo sobre las nodrizas y a su invocación protectora contra las enfermedades mamarias de la mujer, así como a su representación iconográfica en la que aparece sosteniendo una bandeja con los pechos. Su muerte, acaecida en el año 251 y coincidente con una terrible erupción del volcán Etna, situado junto a su ciudad natal y al que consiguió aplacar, la convirtió para siempre en abogada contra los desastrosos efectos del fuego, así como en patrona de los fundidores de campanas, quizá por el símil entre la colada del bronce fundido y la originada por la lava de los volcanes (el epitafio que los ángeles pusieron en su tumba: "Mentem sanctam spontaneam honorem Deo et Patriae liberationem" es una inscripción muy frecuente en las campanas).

Las cofradías de Santa Águeda, documentalmente conocidas en nuestro entorno desde el siglo XVI, jugaron un papel muy importante en lo que respecta al mantenimiento de viejas tradiciones originarias o agregadas en el transcurso de los siglos. Aunque su primera finalidad fuera el servir de cauce a una devoción religiosa, así como asegurar auxilio en la enfermedad o en la pobreza a las cofrades menos favorecidas, muy pronto recogieron el espíritu bullicioso, inherente a toda fiesta, favoreciendo ritos, ceremonias y regocijos que conforman un conjunto de manifestaciones tradicionales de indudable interés antropológico.

En la mayor parte de sus representaciones artísticas suele aparecer del mismo modo, esto es, sosteniendo en una mano una bandeja con los pechos y, en la otra, la palma del martirio, a veces sustituida por un cirio encendido en recuerdo a su aludido patronazgo contra los efectos del fuego.

Refiriéndonos ya concretamente a la obra artística que nos ocupa, hemos de señalar, en primer término, que pertenece a una serie de ocho bustos en los que se representan a las Santas Catalina, María Magdalena, Inés, Lucía, Apolonia, Bárbara, Dorotea y Águeda. De una notable calidad artística, todas las piezas acusan claramente su pertenencia a un conjunto concebido de modo unitario, presentándose con ricos ropajes de pliegues ondulantes y vistosa policromía en tonos verdosos con motivos decorativos florales y vegetales; de finísimo acabado, en la parte central del torso muestran la correspondiente reliquia en el interior de una teca ovalada. Respecto a su autoría los profesores Urrea y Parrado han sido los primeros en relacionar a su autor con Juan Antonio de la Peña, escultor de origen gallego, activo en el último tercio del siglo XVII, o con alguno de los maestros de su taller, atribución que también mantienen Arias Martínez y Hernández Redondo en su estudio de la capilla relicario jesuita. Respecto a la cronología, se puede documentar con certeza en 1673 gracias al hallazgo de esta fecha en la parte posterior de las esculturas.

 

Capilla relicario. Iglesia de Santiago el Real. Medina del Campo

Capilla relicario. Iglesia de Santiago el Real (Medina del Campo)


Por último, recordemos que la capilla donde se conserva el busto de Santa Águeda es la dedicada a relicario del antiguo colegio-noviciado de jesuitas, reformada completamente tras los devastadores efectos del incendio que sufrió el edificio colegial y la cabecera de la iglesia en 1665. Tras las obras de reconstrucción, realizadas a partir de 1669 bajo la dirección del maestro medinense Juan Guardado, la capilla se dedica ahora a San Francisco de Borja, fundador del colegio, cuyo retablo preside el conjunto; en él se recogen y veneran las reliquias que llegan por centenares al convento, en unos tiempos de marcada devoción contrarreformista.

De la concurrencia de unos muros literalmente cubiertos por relicarios de todos los tamaños y tipologías, y de unos techos decorados interiormente con pinturas y yeserías polícromas, resulta un espacio absolutamente abigarrado y sobrecogedor. En la actualidad, este conjunto nos muestra una imagen poco distante de la que debió de tener en los tiempos de su construcción, aunque los efectos del paso de tiempo hagan necesaria una urgente actuación restauradora y de conservación de todos los elementos artísticos que lo componen.

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