EL CONJUNTO MONUMENTAL
La Mota en la Edad del Hierro
Las primeras noticias que conocemos sobre un asentamiento humano en Medina del Campo nos
remontan a la primera Edad del Hierro, (siglos VII-V a.C.). Las excavaciones llevadas a
cabo en el cerro de La Mota, donde se levanta el formidable castillo, pusieron de
manifiesto la existencia de restos de viviendas de planta rectangular, trapezoidal y
circular construidas a base de muros de adobe y tapial, a veces armados con entramados de
madera, y techumbre de ramaje, en cuyo interior se encontraron hogares realizados en
piedra y arcilla; los objetos materiales rescatados: cuchillos de hierro, punzones y
leznas de bronce, mangos y espátulas de hueso y, sobre todo, el conjunto de cerámicas de
variadas formas y tamaños con decoración geométrica elaborada "a peine", nos
hablan de esta interesante cultura de los primeros pobladores de la Mota.
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Dicho asentamiento debió de ser abandonado hacia los comienzos de nuestra Era. Del primer
milenio nada seguro y confirmado podemos aportar por el momento; tan sólo datos y restos
sueltos de ocupaciones de época romana en las cercanías, que denotan la presencia de
lugares ocupados de forma aislada y sin continuidad de poblamiento.
La Medina medieval
En torno a la segunda mitad del siglo XI, los contingentes repobladores,
seguramente procedentes de zonas cercanas del norte de Medina, se
asientan nuevamente en La Mota, constituyendo un enclave de población ya
permanente, posiblemente con el conde Martín Alonso al frente de dicha
campaña de ocupación. De este primitivo enclave destaca su condición de
encrucijada de caminos, hecho que será una constante fundamental en toda
la posterior historia de la villa. |
De poco tiempo después data la primera muralla de
cal y canto, de la cual subsisten numerosos restos, que protege a una villa por entonces
limitada únicamente a la parte más elevada del altozano. La importante población de
Medina entre los siglos XII y XIII (en 1177 se documentan once parroquias y en 1265 nada
menos que diecinueve) se agrupa primeramente al amparo ese cordón amurallado que es
rebasado con prontitud para extenderse por los extramuros buscando las zonas llanas,
incluso superando las dos barreras físicas que suponían el río Zapardiel y su afluente
la Adajuela, cuyos cauces enmarcaban el originario emplazamiento. En todo caso, y como
ocurre en buena parte de las ciudades castellanas, la ocupación del territorio inmediato
se hace a base de focos inconexos creados bajo la protección, no sólo espiritual, de un
establecimiento eclesiástico; con el tiempo, dichos enclaves se irán articulando por
caminos naturales que a la postre formarán el entramado urbano del núcleo habitado
definitivo. Sucesivamente, dos recintos amurallados más se irán construyendo entre los
siglos XIII y XV para abrazar un amplio territorio que prácticamente coincide con el que
actualmente ocupa la villa; las extraordinarias vistas de Anton van den Wyngaerde (1565 y
1570) nos muestran ya a Medina en su plenitud.
Medina en su Época Dorada
Durante los siglos XV y XVI, Medina del Campo además de conocer la mayor expansión
territorial de su historia, cobra un protagonismo notorio en el gobierno del reino. Los
Reyes Católicos la favorecen continuamente haciendo de ella un lugar altamente urbanizado
para la época, con las ferias como el auténtico motor de su progreso; por entonces, la
población se reparte de cinco grandes sectores: el central, foro mercantil y escenario de
las ferias; el que hemos venido en llamar "aristocrático", el más occidental,
que agrupa numerosos edificios monumentales ya fueren conventos y parroquias, o grandes
casonas palaciegas; los arrabales extramuros, barrios situados fuera del tercer cordón
amurallado, alguno de los cuales conocerá un gran desarrollo; el situado en la parte
septentrional, en la margen derecha del río Zapardiel, seguramente el más extenso de
todos, y el enclavado en el cerro de la Mota y sus inmediaciones, en franco declive que ya
conoce el comienzo de su despoblación definitiva. Por este tiempo, Medina cuenta con una
población cercana a los 20.000 habitantes, número muy elevado en ese tiempo, y lo que es
más importante, con un nivel económico y de productividad muy superior al de otras
ciudades castellanas. |
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No obstante, a fines de ese siglo, con el declive de dichas ferias y la pérdida del favor
real (recuérdese que Medina tomó partido por las rebelión comunera, siendo incendiada
en agosto de 1520), Medina entra en una larga época de letargo que llega hasta mediados
del siglo XIX. La población decae vertiginosamente, las casas se abandonan y las
actividades comerciales, pujantes durante siglos, poco menos que desaparecen. Por lo que
se refiere a su patrimonio monumental, de una nómina cercana a 125 edificios que
podríamos considerar como monumentales en su época, desaparecen al menos un tercio; más
adelante, en el siglo pasado, otros muchos sufren las consecuencias tanto de la guerra de
la Independencia como las propias de las actuaciones desamortizadoras y de exclaustración
de órdenes religiosas. La situación llega al límite cuando, en 1843, se pierde por unos
días la categoría de cabeza de partido judicial.
El último resurgir de Medina
Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, Medina conoce un segundo
período de desarrollo, que, desde luego, no llega a tener el alcance de aquel otro que ya
hemos comentado. Los factores de esta nueva expansión se han resumido en tres: la llegada
del ferrocarril (la más importante), la reconstrucción y puesta en servicio del cuartel
y el establecimiento del balneario en el cercano paraje de las Salinas; estos serán los
revulsivos fundamentales que encontrará la maltrecha economía medinense, para iniciar un
período de transformación parcial de su incipiente industria entre 1871 y 1912, de
consolidación entre 1913 y 1922, y de crisis a partir de 1932 hasta los años sesenta.
En este tiempo, el casco urbano de Medina va a conocer una serie de transformaciones
encaminadas a la urbanización de los espacios y servicios públicos, que trae aparejada
una nueva destrucción de una parte significativa de su patrimonio histórico artístico.
De este modo, no cabe duda que mejoran sensiblemente las infraestructuras merced, sobre
todo, a la formación de un nudo ferroviario de primera categoría; con él, la llegada
temprana de los "avances del siglo" -telégrafos en 1866, la electricidad en
1895, etc.-, nuevas alineaciones de plazas y calles céntricas, apertura de otras tantas
así como de espacios verdes -paseos y jardines-, mejora de las construcciones, aparición
de la prensa periódica (más de una veintena de semanarios locales diferentes se publican
entre 1856 y 1930), etc., todo ello ligado estrechamente a los nuevos aires de progreso.
Sin embargo, la villa monumental pierde la totalidad -excepto en la plaza mayor- de su
casco asoportalado del que dan fe viejas fotografías; todos los lienzos de su tercer
cordón de murallas, incluidas las puertas monumentales -de Valladolid, de
Ávila, de
Salamanca, etc.- que aún permanecían en pie se derriban o se pierden para siempre; lo
mismo ocurre con edificios singulares como las iglesias de San Pedro y de los Santos
Facundo y Primitivo, los conventos de San Francisco y de Santa Ana, las ermitas de
Ntra.
Sra. del Camino y de San Cristóbal, el hospital de Barrientos y un abultado conjunto de
grandes casonas palaciegas, encabezadas por lo que fue en su día Palacio Real
Testamentario, cuyos propietarios o no pudieron o no quisieron mantener en pie. El
desarrollismo de los años sesenta y su fiebre constructiva acabará del mismo modo con
las antiguas iglesias de la Vera Cruz, el convento de las isabeles, y otras muchas
edificaciones civiles de interés histórico artístico.
A pesar de todas las pérdidas monumentales comentadas, el centro de la villa de Medina
del Campo está declarada desde 1978 Conjunto Histórico Artístico, con siete edificios
declarados Bien de Interés Cultural (antes Monumento Histórico Artístico), a saber:
Castillo de la Mota, Colegiata de San Antolín, Palacio de los Dueñas, Casa Blanca,
Iglesia de Santiago el Real, Hospital de Simón Ruiz y Reales Carnicerías.
LA PLAZA MAYOR
La plaza mayor medinense resume por sí misma buena parte de la historia de la villa. Los
edificios singulares que se alzan en uno de sus flancos nos advierten, en un golpe de
vista, de la presencia de tres instituciones: la Iglesia, el Municipio y la Monarquía,
encarnados respectivamente en la Colegiata de San Antolín, el Ayuntamiento y los restos
de lo que en su día fue Palacio Real. Las antiguas denominaciones de sus aceras: el
Potrillo, la Joyería, la Especiería, la Armería, la Mercería, etc. nos recuerdan, aún
hoy, las actividades feriales de los mercaderes instalados en cada una de ellas. Hasta los
sucesivos nombres dados a esta Plaza Mayor, primero de San Antolín y del Mercado y más
cercanamente de la Constitución, de la República, de España y hoy en día de la
Hispanidad, reflejan los sucesivos avatares históricos.
La evolución de este singular
espacio es, sin duda, uno de los más interesantes de la historia urbanística de
Castilla, representando la maduración de una tipología que nace con el Medievo.
Considerada como uno de los primeros antecedentes del género de "plaza mayor",
generalizado en España y América a raíz del creado en Valladolid tras el incendio de
1561, apunta su configuración en torno al s. XIII. La formación de dos de sus flancos hay
que buscarla en el cruce de la antigua cañada de Salamanca -que se prolonga hasta la Rúa
Nueva (hoy calle de Padilla), eje principal de la expansión al llano de la "villa
vieja" enclavada en La Mota- con el viejo camino de Ávila, que entra en el nuevo
asentamiento uniendo el monasterio de premostratenses (2ª mitad del s.XII) y las antiguas
parroquias de los Santos Facundo y Primitivo (doc. en 1265) y San Antolín (doc. en 1177);
el espacio resultante se cierra con las líneas de fachada originadas, de una parte, por
la prolongación de otro antiguo camino que unía en lo antiguo la parroquias de Santiago
(doc. en 1177) y San Juan de Sardón (doc. en 1265) cruzando la Rúa hasta el monasterio
de San Francisco (h.1260) y, de otra, por la continuación del paso del río por el
antiguo puente de San Francisco, flanqueando este edificio religioso nuevamente hasta la
parroquia de San Antolín.
Esta primitiva "plaça de Santantolin" se
convierte en el núcleo central de uno de los principales foros mercantiles de su época,
a partir de la creación de las Ferias en los primeros años del siglo XV. Varios
incendios acaecidos al final de este siglo y, sobre todo, el producido durante la guerra
de las Comunidades en agosto de 1520, varían su imagen, originariamente formada por
viviendas de parcelación estrecha y profunda, con fachadas de dos plantas con reducido
soportal de pies derechos. Con las ordenanzas dictadas tras el incendio de aquel año,
empieza a advertirse una preocupación por regularizar los pórticos, aleros y alturas no
sólo en la plaza sino también en las calles que a ella confluyen, en su totalidad
asoportaladas.
Los dos siglos siguientes forman un período marcado por el ocaso de las ferias y el
declive general de la villa, del que tan sólo cabe reseñar, en la década central del
siglo XVII, la construcción, entre la colegiata el palacio real, del nuevo edifico
consistorial y su inmediata casa de los arcos sobre la calle de Salamanca, que confieren
ya a nuestra plaza el carácter de municipal.
A partir del último tercio del siglo pasado -las consecuencias de la llegada del
ferrocarril en 1860 son más que notorias-, la imagen de la plaza mayor, la antigua rúa y
las restantes calles del centro histórico de la villa, cambia radicalmente. El
Ayuntamiento acuerda que sólo se mantengan los soportales de la plaza, derribándose los
de las calles confluyentes para conseguir una mayor amplitud del viario
público. |
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Asimismo, la nueva ordenación de estos momentos contempla el aumento de la altura de los
pórticos -ahora formados por columnas de hierro y gruesos pilares de piedra en las
esquinas-propiciando la aparición de nuevas tipologías arquitectónicas con materiales
distintos a los usados tradicionalmente, como el hierro y el ladrillo prensado que, unidas
a las construcciones recientes de las décadas de los sesenta y setenta, configuran una
imagen renovada, aunque menos armoniosa, cuyas peculiaridades en muy poco se asemejan a
las de la plaza que allá por los comienzos del siglo XV fue comparada por Pero Tafur nada
menos que con la de San Marcos de Venecia.
De otra parte, en tiempos cercanos, la creación de las ya citadas ferias agroganaderas de
San Antolín y San Antonio y sobre todo la del mercado del domingo -todas ellas en la
década de los setenta del siglo anterior-, fueron un revulsivo de primer orden para dar
nuevamente a la plaza un protagonismo mercantil perdido y pálidamente rememorador de
aquellas otras ferias que convirtieron a Medina en el centro más importante de
contratación de su época. Varias posadas y paradores recogían a los forasteros que
llegaban a la villa para cerrar sus tratos: las de la Estrella, de la Carpeña o la de la
Rinconada -cuyo zaguán de entrada aún conserva todo el sabor de aquel tiempo-, son en
esos momentos las sucesoras de aquellas otras tituladas del Capitán, el Buitrón, de
Juana, de la Virgen, de las Hocaneas, etc. vigentes durante las ferias del siglo XVI.
Hay que advertir, por último, que la plaza mayor ha sido siempre el gran patio urbano de
la villa; acontecimientos religiosos, festivos, taurinos y, cómo no, feriales-mercantiles
han tenido en ella el espacio adecuado tanto por su amplitud como por su disposición
urbana a lo largo de todas las épocas. Así recordemos su condición de escenario de
grandes juegos de "lanzas y cañas" o representaciones alegóricas con motivo de
bodas o nacimientos reales, corridas de toros con suertes ya perdidas pero bien reseñadas
en las viejas crónicas, etc., cuyo esplendor queda patente en las amplias balconadas
levantadas en sus fachadas, siempre disputadas tanto por las autoridades civiles y
religiosas, como por personas particulares a través del denominado "derecho de
balconaje" todavía en vigor en algún caso.
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